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El muralismo
Fuente: SPM
Entre 1930 y 1940

Para las décadas de 1930 y 1940, el Muralismo Mexicano, que se había encargado de llevar a los muros públicos de la nación mexicana los temas indigenistas (la grandeza prehispánica), nacionalistas (gestas de independencia, héroes) y costumbristas (campesinos oprimidos e insurrectos), irradió todo el continente, especialmente los países que la crítica de arte Marta Traba llamaba “cerrados”, entre ellos Colombia.

Fue así como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, que encabezaban este movimiento en México, se convirtieron lentamente en las figuras arquetípicas del artista comprometido y en el faro de las búsquedas identitarias del continente.

En Perú las ideas del Muralismo fueron divulgadas por José Carlos Mariátegui en su revista Amauta, así como en Ecuador los artistas Oswaldo Guayasamín y Eduardo Kingman hicieron lo suyo en pintura. En Chile se realizó pintura mural de temática indigenista y en Colombia, con Rómulo Rozo a la cabeza (desde el arte), apareció el movimiento Bachué a mediados de los años veinte.

En este ambiente, el trabajo en madera tuvo gran acogida entre Rómulo Rozo, Ramón Barba, Josefina Albarracín, Carlos Reyes y Bernardo Vieco. El trabajo en arcilla y la pintura estuvieron presentes con Luis Alberto Acuña, y los grandes murales provinieron en su mayoría de Ignacio Gómez Jaramillo, Alipio Jaramillo y Pedro Nel Gómez, quien trabajaría en un lenguaje emparentado con el expresionismo de Orozco e influiría notablemente a su discípula Débora Arango, quien más que reivindicar la historia buscaba dar un rostro a su época, mostrando las prostitutas y mendigos del centro de Medellín, haciendo una crítica a la situación de la mujer, a la pobreza y a la política de su tiempo.

Por otro lado,Leo Matiz llevó a la fotografía los pescadores de las ciénagas y posteriormente, a Rodrigo Arenas Betancourt se debe la persistencia hasta el último cuarto del siglo XX de la escultura conmemorativa de temática nacionalista.

Otros artistas que en los treintas y cuarentas apelaron a la reivindicación de lo nacional fueron Hena Rodríguez, a medio camino entre el academicismo y el indigenismo, y Carlos Correa en un expresionismo que en ocasiones recuerda las atormentadas figuras de James Ensor.

En este concierto se destacaron los discípulos de Francisco Antonio Cano: José Domingo Rodríguez, Gustavo Arcila Uribe y Luis Pinto Maldonado, quienes más que desarrollar una obra de temática indigenista se enfocaron en la escultura conmemorativa de carácter nacionalista y en algunas escenas costumbristas. Los tres en escultura más que en pintura y usando el dibujo como medio no como fin. Aunque Rozo y los primeros artistas mencionados rehusaban la delicada figuración decimonónica y algunos llegaban a introducir valores expresionistas (Pedro Nel Gómez) o la deformación geométrica (Hugo Martínez), José Domingo Rodríguez usó los valores formales del academicismo sincretizados con el impulso ideológico del Nacionalismo artístico, heredero local del Muralismo Mexicano.

Rodríguez fue uno de los últimos grandes representantes de la escultura conmemorativa de personajes luego de los años cuarenta.

En su relieve titulado “Homenaje a los médicos de la Independencia”, a diferencia de otras piezas del mismo artista, los valores de la academia tradicional son claramente superados. Al nivel formal, es perceptible una suave esquematización de las figuras propia de los relieves de influencia decó, que artistas como el mexicano Diego Rivera usarían.

Los combatientes musculosos, presentados como mártires que ciegos o desmayados portan sus armas, el caballo altivo y vigoroso mirando hacia el horizonte, lo heroico de la escena y el carácter de los combatientes, encarnan fácilmente los valores propulsados por el Muralismo Mexicano: El pueblo a pesar de subyugado y maltratado, gracias a su espíritu emancipador consigue su liberación del dominio español. El mensaje es reencauchado en la escena contemporánea buscando la reivindicación de lo local, la liberación de ese “nuevo imperialismo” fuertemente en boga, usando las artes más que como pieza meramente conmemorativa, como instrumento político.

Texto de Halim Badawi, SPM

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